Y dicen que el tenis sólo es para pijos…

No sentó demasiado bien en casa cuando, con sólo cuatro años, se me ocurrió decir que yo quería ser tenista. Lo primero, porque no entendían de dónde me venía esa afición, si nadie en mi familia había visto nunca una raqueta ni de lejos, y además, siendo de clase obrera y tirando a pobre, lo único que se practicaba en casa era el fútbol  y de vez en cuando el boxeo, como comprenderéis en un hogar con cuatro hermanos varones;  y después, porque yo de siempre he tenido dos manos y dos pies izquierdos, y a esa edad ya se me veía venir, con lo que no entendían que pudiera dedicarme a ningún deporte en plan serio.

La verdad, sigo siendo un paquete en lo que se refiere a los deportes, y mi poco sincronización ha hecho que, aunque seguí tercamente pidiendo clases de tenis, e incluso conseguí que un verano me apuntaran a un campamento donde las impartían, no haya podido triunfar en esta disciplina. Bueno, en realidad triunfar es mucho decir, lo cierto es que nunca me hice ni siquiera un hueco, y tras años de frustraciones y berrinches cada vez más acusados, por fin me di por vencido y abandoné mi idea de ser un tenista profesional.

Pero bueno, tampoco me decidía a hundirme en la miseria. Me apunté a un club de tenis de aficionados, sólo para divertirme y no perderme las pocas alegrías que pudiera darme este deporte, y tengo que decir que fue todo un acierto. Hace ya más de diez años de esto, y en todo este tiempo me he sentido súper bien entre mis compañeros, jugando al tenis sólo por gusto, y es entonces cuando le he encontrado el verdadero placer de practicar este deporte, sólo como una satisfacción personal. La verdad es que me siento realizado, y poco me importa ser a veces un paquete, porque a nadie le importa, y poco pierdo o gano con eso, sólo un poco de orgullo y otro poco de humillación, jeje.

Por eso, recomiendo encarecidamente a todo aquél que quiera practicar un deporte, sea el que sea, que lo intente, pero que lo haga por divertirse y se olvide de competiciones y retos absurdos. Un poco de competitividad está bien, pero si después de intentar ganar no lo has conseguido, pero no te sientes al menos orgulloso de haberlo intentado y bien contigo mismo, es que no lo estás disfrutando realmente.